Misiones Franciscanas

Mapa de las misiones, los presidios y los pueblos de Alta California, ©2016 Pentacle Press.

Algunos momentos cruciales de la época colonial en California fueron protagonizados por misioneros franciscanos vascos. Cuando se trazó la frontera entre Alta y Baja California en 1773, cuatro misioneros vascos participaron en la ceremonia: José Murguía, Juan Prestamero, Gregorio Amurrio y Fermín Lasuén. En la famosa travesía marítima que realizó en 1774 de San Blas a San Diego, Junípero Serra tuvo como ayudante a Pablo Mugartegui. Cuando el paquebote San Carlos de Juan Bautista de Ayala se convirtió en el primer buque europeo en navegar por el Golden Gate de San Francisco en 1775, Vicente de Santa María era el capellán de a bordo. El propio Murguía se encontraba en Monterrey al año siguiente, cuando llegó la expedición de Juan Bautista Anza con el grupo de colonos para el primer asentamiento de San Francisco. Cuando el capitán Vancouver visitó San Francisco en 1792, el fraile Martín Landaeta fue el encargado de darle la bienvenida. Y, más adelante, cuando los indios chumash se rebelaron en 1824, Vicente Sarria consiguió pacificar la situación. Lo cierto es que los frailes llegaron a California con intención de cristianizar a los “gentiles”, pero, una vez allí, se convirtieron en exploradores, etnógrafos, maestros de escuela, constructores de casas y agricultores.

De los 142 misioneros que sirvieron en las misiones de Alta California, los frailes de origen vasco forman el grupo étnico más grande. En total, hubo treinta misioneros vascos. El alavés Fermín Lasuén fundó nueve de las veintiuna misiones que se establecieron en Alta California: Santa Bárbara, La Purísima Concepción, Santa Cruz, Nuestra Señora de la Soledad, San José, San Juan Bautista, San Miguel Arcángel, San Fernando Rey de España y San Luis Rey de Francia. Otra de las misiones, San Rafael Arcángel, fue fundada por el vizcaíno Vicente Sarria. Además, ambos frailes, Lasuén y Sarria, llegaron a ser presidentes de las misiones californianas.


Para saber más

Las misiones franciscanas jugaron un papel importante en el proceso de colonización de Alta California. Mientras duraron las misiones (1769-1833), los frailes, además de trabajar para difundir la fe, exploraron tierras fronterizas, las ocuparon y las defendieron, iniciaron a los indios en la agricultura, la ganadería y diversos oficios, etc. Y eso hizo que, consciente o inconscientemente, se convirtieran en los mejores servidores del Estado en aquellas tierras fronterizas.

Indios preparando la comida, litografía publicada en Hutchings’ California Magazine (1859). Cortesía del California Missions Resource Center.

En la excelente síntesis que escribió sobre el tema, H. E. Bolton afirma que cada pueblo que participó en la colonización de América asentó un cierto tipo de organizaciones y gentes en las tierras fronterizas. En las colonias francesas, los pioneros fueron los tratantes de pieles y los misioneros. Unos siguiendo el rastro de los castores, los otros intentando salvar almas, llegaron a los confines más remotos del continente y ampliaron las fronteras del dominio francés. En las colonias inglesas, los tratantes de pieles también fueron pioneros y exploradores, pero los colonos que llegaron tras ellos fueron los que derribaron los bosques y, paso a paso, hicieron retroceder a los indios, sin mezclarse nunca con ellos. Sin embargo, en las colonias españolas, tres figuras se encargaron de ampliar las fronteras y defenderlas: los conquistadores, los soldados de los presidios y los misioneros. Y de esas tres figuras, fueron los misioneros los que tuvieron una mayor influencia, pues servían a la Iglesia y al Estado al mismo tiempo.

Para la Iglesia y los misioneros, el objetivo principal era difundir la fe entre los gentiles, por lo que los frailes llegaron a aquellas tierras impulsados por el fervor religioso. Pero no tardaron en darse cuenta de que, para poder cristianizar a los indios, estos tenían que interiorizar los principios de la civilización europea. En lo que respecta al modo de vida, aquello suponía agruparse en poblados, vestirse, practicar la monogamia y vivir en casas de adobe o piedra; y en lo que respecta a la organización social, implicaba someterse a la autoridad y a las leyes españolas. En ese sentido, los frailes y los mandatarios civiles tenían los mismos intereses y, por lo tanto, las misiones se diseñaron para cristianizar a los indios, pero también para someterlos al modelo de civilización europeo y para controlar las fronteras.

Los frailes intentaron que las misiones fueran autosuficientes. Como creían firmemente en la integración de la fe con el trabajo, iniciaron a los indios en la agricultura, la ganadería, la construcción y varios oficios que les eran desconocidos. Los frailes consideraban que sin progreso material no podría haber un progreso espiritual, e intentaron compaginarlos en las misiones, al hilo de lo que la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País defendía en aquella misma época en el País Vasco. De hecho, muchos misioneros mantuvieron una relación estrecha con miembros de la sociedad ilustrada. Por ejemplo, Pablo Mugartegui era el hermano de uno de los fundadores de la sociedad, y mientras el fraile vivió en California, mantuvieron correspondencia sobre sus respectivos trabajos.

Las misiones se construyeron con vocación temporal. En teoría, al cumplir diez años, las misiones debían pasar a manos del clero seglar y las tierras se les debían retornar a sus dueños originales, los indios. Pero aquella ley se había inspirado en la experiencia vivida con los habitantes de México, América Central y Perú, y aquel plazo de diez años resultó insuficiente para Alta California. La forma de trabajar que se imponía en las misiones les resultaba totalmente ajena a los indios de Alta California. “Lo más sorprendente es que nunca se han dedicado siquiera a los trabajos manuales de subsistencia del ser humano, como por ejemplo, la agricultura,”[i]comentaba en una carta Pablo Mugartegui. Y, además, los indios querían conservar su modo de vida. En palabras del vitoriano Fermín Lasuén:

“Para quien no lo haya visto, resulta imposible entender el apego que tienen estas infelices criaturas hacia el bosque. Allí están a la intemperie, sin protección, sin comida, sin medicinas y sin ningún tipo de ayuda. Aquí [en la misión] pueden alegrar los corazones con todas esas cosas. El número de fallecidos aquí es mucho menor que allí. Ellos son conscientes de todo eso y, aun así, sueñan con el bosque.”

Además, los frailes se encontraron con otro inconveniente: la enemistad entre las tribus de indios. El propio Lasuén escribió lo siguiente en una carta dirigida al virrey en 1797:

“De los pueblos que se han descubierto aquí, no he conocido ni uno solo que viva en paz con el pueblo vecino. Los pueblos limítrofes a veces se comunican entre ellos y mantienen una cierta armonía, pero si uno entra en el territorio del otro, no dudan en recurrir a las armas, pues, para ellos, hablar un idioma distinto es igual a ser enemigos.”

Como decíamos, los misioneros debían servir al menos durante diez años, pero a algunos le resultó difícil aguantar tanto tiempo, por la aridez del territorio y por la severidad del modo de vida. Por ejemplo, Manuel José Martiarena, originario de Rentería, padeció una fuerte depresión y, en cuanto cumplió los diez años, se retiró al Colegio de San Fernando. Francisco José Arroita también aguantó los diez años pero, cuando se retiró, en palabras de Lasuén, “estaba agotado y exhausto por el gran esfuerzo que había hecho”. Cuando le quedaban dos años para retirarse, Domingo Carranza escribió lo siguiente: “Ya ni tengo gusto y menos de Californias”. Martín Landaeta, originario de Kortezubi, recibió el permiso de Lasuén para abandonar Alta California antes de tiempo, “pues le resulta totalmente imposible seguir con el ministerio por el trastorno emocional que sufre desde hace tiempo”. Y es que la mayoría de los misioneros eran “hombres corrientes en habilidad, fervor, preparación y virtud” a los que les había tocado servir en un lugar y una época excepcionales.

En las misiones, los frailes solían contar con un par de soldados, o más, si un grupo de indios había huido y debían ir en su busca. Además de eso, para proteger a los misioneros y a los indios de las misiones, así como para defender la frontera frente a los ataques de los indios gentiles y de los extranjeros, se construyeron múltiples presidios a lo largo del camino de San Agustín a San Francisco. En general, los misioneros consideraban que los presidios eran necesarios, pero, por el tipo de personas destinadas allí, surgieron grandes conflictos entre las autoridades religiosas y civiles. Los frailes se solían quejar de que enviaban desde México a gentes de la casta más baja, muchas veces recién salidos de la cárcel, lo que era un mal ejemplo para los indios, en opinión de los frailes.

No faltan alusiones al maltrato y a los castigos impuestos a los indios, tanto en los documentos de la época como en la abundante literatura sobre las misiones. Para los frailes, los indios eran como niños a los que había que “educar” en el cristianismo y el trabajo duro. Y, por ello, se consideraba necesario castigar a los indios, igual que se consideraba necesario castigar a los niños. De hecho, se sabe que en las misiones se utilizaban grilletes o cepos para castigar a los indios que desobedecían. Aunque el descenso de la población nativa en California no fue consecuencia de aquellos castigos, sino de la propagación de enfermedades. El mero interés impulsaba a los frailes y a las autoridades civiles a actuar con prudencia. Y lo cierto es que los indios eran el eje de toda la política colonial de España. El objetivo era poblar las nuevas colonias con habitantes nativos, no con habitantes de origen español; y, para ello, era necesario que los indios progresaran espiritual y materialmente. Tal y como escribió Bolton:

 “…Las misiones pretendían preservar a los indios, en ningún caso pretendieron exterminarlos, como sucedió en la frontera anglo-americana. En las colonias inglesas, los únicos indios buenos eran los indios muertos. Sin embargo, en las colonias españolas, creían que merecía la pena enderezar a los indios, tanto para este mundo como para el más allá.”

El sistema de misiones concebido por los frailes fue otra utopía que chocó con la realidad. Las misiones no fueron el oasis que se dibuja en los folletos turísticos de California, y hay que desprenderse del baño de romanticismo para entender lo que fueron en realidad. Pero, para tener una perspectiva real, también se debe superar la lacra de la leyenda negra que cayó sobre las misiones.


Otras lecturas

“Teologo berriak Kalifornian: utopiaren eta errealitatearen artean”, Idoia Arrieta Elizalde.

Bibliografía

ARRIETA ELIZALDE, Idoia (2004). Ilustración y Utopía. Los frailes vascos y la RSBAP en California (1769-1834), Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, Donostia-San Sebastián.

BOLTON, Herbert Eugene (1917). “The mission as a frontier institution in the Spanish-American colonies” in The American Historical Review, tomo XXIII, número 1, 42-61.

GARIKANO, Asun (2013). Kaliforniakoak (1533-1848), Pamiela, Pamplona.

GEIGER, Maynard (1969). Franciscan Missionaries in Hispanic California, 1769-1848, The Huntington Library, San Marino, California.

LAMADRID Jiménez, Lázaro (1963). El alavés Fray Fermín Francisco de Lasuén. O.F.M. (1736-1803). Fundador de Misiones en California, tomo 2, Diputación Foral de Álava.

LASUÉN, Fermín Francisco de (1965). Writings of Fermín Francisco de Lasuén, I y II. Finbar Kenneally ed., Academy of American Franciscan History, Washington D. C.

OMAECHEVARRIA, Ignacio (1959). Fr. Pablo José de Mugártegui, Desclée de Brouwer, Bilbao.

SOLAGUREN, Celestino OFM (2007). Los Franciscanos vasco-cántabros en el siglo XIX. Vicisitudes y nomenclador bio-bibliográfico, tomo II, Aránzazu, Oñate.